Por Paulino
Los problemas son parte inevitable de la existencia y
según la manera en como los tomemos pueden convertirse en un impulso para
lograr metas o en un obstáculo que impida la realización de los mismos. Por lo
general las personas suelen tener una
connotación negativa de los problemas y deciden vivirlos dramáticamente; esto
no solo anula la capacidad del ser humano de vencer la adversidad sino que
además lo vuelven preso de otros males
tales como la preocupación, el estrés, la tensión.
La preocupación es el enemigo número uno, no sólo
por los
efectos destructivos sobre el individuo, sino también por la manera en
que golpea a la humanidad. El término proviene del griego merimnao, el mismo que resulta de una combinación de dos palabras: merizo que significa “dividir” y nous que significa “mente” (incluyendo
las facultades de percibir, entender, sentir, juzgar, determinar). Preocuparse
entonces, significa “dividir la mente”. La preocupación divide la mente entre
intereses válidos y pensamientos destructivos. El apóstol Santiago en su
epístola dice acerca de esto “el hombre de doble ánimo es inconstante en todos
sus caminos” (Santiago 1:8). En otras palabras aquel que tiene la mente
dividida es inestable en sus emociones,
sus decisiones y sus juicios. Las
preocupaciones son tan dañinas que incluso pueden enfermar a quienes las
sufren, debilitando su organismo, y transformando negativamente la realidad.
La preocupación está íntimamente asociada con el
estrés; el mismo que se comprende como la respuesta del sistema nervioso a un
acontecimiento o situación percibido como amenaza. Cada vez que la persona se
enfrenta a tales circunstancias el organismo secreta hormonas (como la
adrenalina) proporcionado al cuerpo la potencia física para enfrentarse al
peligro o bien huir. El estrés puede ser agudo o crónico. El primero hace
referencia a la activación breve de la respuesta “lucha o huída”,1
el segundo describe la activación persistente de dicha respuesta haciendo que
el cuerpo se encuentre en permanente situación de alerta. Este último tipo de
estrés es el que puede llegar a ser más pernicioso, ya que provoca agotamiento
emocional y físico aumentando la
vulnerabilidad a diversas enfermedades físico-psicológicas.
Por su parte la tensión se usa para referirse
a un estado anímico. Algunas evidencias de una sociedad tensionada son las
úlceras, alta presión arterial, migrañas, algunos ataques cardíacos y hasta el
cáncer.
¿Son siempre dañinas estas respuestas emocionales del ser
humano?
Como mencione al principio
de este artículo todo depende de la manera en que enfrentemos las situaciones. Un poco de estrés puede ayudarle a mantenerse atento, listo para
hacerle frente a cualquier reto. Lo mismo sucede con la tensión en nuestra
vida, parte de ella es benéfica. El Dr. John Morley, profesor de geriatría cree
que una cierta dosis de tensión puede reducir el crecimiento de tumores,
mientras pueda ser controlada. Dice Morley: “Si logra dominar adecuadamente la
tensión, puede serle benéfica, pero si no puede controlarla, probablemente le
afectará”.
Mientras que alguna tensión es innecesaria, otra es
inevitable, como la que proviene del trabajo, la familia o las pequeñas
irritaciones de cada día. ¿Cómo maneja
usted los problemas de la vida? El principal objetivo de este artículo es mostrarle
a través de la palabra divina como podemos vivir en paz en medio de los problemas.
La preocupación no
vacía el mañana de problemas. Vacía el hoy de su fuerza. De hecho la tensión es
parte del precio que tenemos que pagar por vivir en este mundo. Sin embargo hay
que observar bien ya que los grandes problemas, disfrazan grandes
oportunidades. Considere las palabras de Jesús:
“Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen
paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al
mundo.” (Juan 16:33); “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y
agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde
de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque
mi yugo es suave y mi carga es liviana. (Mateo 28-30).
El
Señor no dice que podemos vivir sin problemas, sino que él ofrece un
camino para vivir a pesar de ellos. La paz no es una actividad, sino una
actitud.
¿Cómo puede desarrollar esta actitud de paz y
relajamiento?
1.- Vea los problemas con los cristales con los que los mira Dios
El estrés resulta luego que
respondemos a los problemas con cierto pánico. Sin embargo una actitud de
relajación responde a los problemas con emoción. El apóstol Santiago dice: que
nuestra primer respuesta a la tensión debería ser de gozo: “Hermanos míos,
tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas” (Santiago 1:2). Pero
¿cómo podemos hacer esto? “Sabiendo que la
prueba de vuestra fe produce paciencia” (Santiago 1:3). En otras
palabras los problemas son oportunidades para crecer. La raíz griega de
problema es “hacer avanzar”. Los problemas nos hacen avanzar en nuestro
crecimiento espiritual.
2.- Viva en tiempo presente
Recordar los errores del pasado o
pensar en los problemas del futuro son ocasión para vivir bajo estrés,
estorbando la alegría del momento
presente. En el Antiguo Testamento el nombre santo de Dios se traduce como “Yo
soy”, esto significa que él es el auto existente, aquel que no se quedó en el pasado, ni espera encontrarte
en el futuro, está aquí y ahora en tu presente. El poema de Helen Mallicoat nos
recuerda la importancia que tiene esa verdad para nuestra vida: “Me encontraba
lamentando el pasado y temiendo el futuro. De pronto, mi Dios habló diciendo:
YO SOY. Se detuvo, esperó, y continuó: Es muy difícil cuando vives en el pasado con sus errores y lamentos. Yo no
estoy ahí porque mi nombre no es: YO ERA. Es muy difícil cuando vives en el
futuro con sus problemas y temores. Yo no estoy ahí porque mi nombre no es: YO
SERÉ. Cuando vives este momento no es difícil. Yo estoy ahí. Porque mi nombre
es YO SOY.
3.- Descanse un día a la semana
Uno de los primeros mandamientos que Dios dio
fue el de tener un día de descanso. “Seis días trabajarás, y harás toda tu
obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu
Dios… Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó. (Éxodo 20:9-11). El hombre no
fue hecho para trabajar siete días a la semana. Ese horario es poco realista y
con toda seguridad producirá presiones y hasta un colapso nervioso. El padre
celestial estableció un patrón para la forma en que debemos trabajar.
Necesitamos un día de descanso para reponer nuestros recursos físicos,
emocionales y espirituales.
4.
Todos los días haga algo que le agrada hacer.
Todos necesitamos esperar algo. En
su libro cuidado con el hombre desnudo que te ofrece su camisa. Harvey Mackay
pregunta: “¿Cómo vence el desánimo cuando tiene que hacer algo que detesta,
pero que de todos modos tiene que hacer? De manera personal cuando tengo que
hacer algo que me desagrada, siempre pienso que más tarde haré algo que me
fascina. Tenga la seguridad que con saber que va a pasar unos minutos haciendo
algo que le gusta, como su pasatiempo favorito, practicando algún deporte,
leyendo, o viendo un programa por televisión, puede ayudarle a soportar las
tensiones del día.
5. Pase tiempo a solas con
Dios cada día.
Se ha puesto a pensar que según la manera en que empezó o
termino su día afecta su nivel de tensión. El último consejo tiene que ver con
la relación personal con Dios. Es imposible manejar efectivamente la presión
sin pasar tiempo con aquel que nos ofrece la solución a ella.
Estoy seguro de que
el secreto de Cristo cuando dijo: “Yo he vencido al mundo”, radicaba en el
tiempo que pasaba con Dios. El no permitía que sus múltiples responsabilidades
impidieran esos momentos. El apóstol
Marcos menciona que Jesús se levantaba muy de mañana, para ir al desierto a
orar (Marcos 1:35). Al analizar el contexto vemos que el maestro se encuentra
en medio de uno de los días más ocupados de todo el ministerio de Cristo. Sin
embargo, el Señor empezaba el día sobre sus rodillas. Para él, pasar tiempo con
su Padre no era una obligación religiosa, sino el secreto de su fuerza y la
fuente de su tranquilidad.
Bendiciones
1 Walter Cannon (1871-1945)
fisiológico estadounidense que en 1929 definió el estrés como un mecanismo de lucha o huida ante las
amenazas.